El acontecimiento es aquella inmaterialidad que emerge del contacto entre los cuerpos; el verdear del árbol que se nos presenta verde. Y aquí la paradoja del Sentido, en tanto que aparente categoría de la realidad: ¿es verdaderamente capturable por nuestro lenguaje? No es paradójica su existencia. Es paradójica nuestra dependencia de él.
Allí donde hay un «sonar», preexisten cuerpos que interactúan para producirlo. Como evento puro, su distinción se difumina en el instante mismo en que se le categoriza. Incluso al disponer de una etiqueta pretendidamente «impersonal», esta deriva ineludiblemente de una despersonalización de lo personal. La etiqueta jamás es el acontecimiento puro, sino un estado de cosas petrificado. El Sentido, por tanto, no puede ser aprehendido conceptualmente; solo puede ser experimentado como impacto. No es posible denunciar el choque de los cuerpos sin haberlo experimentado previamente. Esta experiencia del Sentido es la transformación misma de la frontera que me distingue del Mundo. Nombrarla equivale a aniquilarla como experiencia viva en el tiempo de Aión, objetivizarla de Cronos.
Esta frontera del sentido, sin embargo, no se agota en la vivencia del sujeto, sino que se extiende como una arquitectura profunda de lo real. Más allá de la enunciación humana, las dimensiones que convencionalmente atribuimos al lenguaje (designación, manifestación, significación, y expresión) operan, en rigor, como la estructura misma de la realidad. Estas dimensiones deben interpretarse en clave ontológica, ampliando, por ejemplo, la noción de «manifestación» —a menudo reducida a un mero estado psicológico— para albergar en ella a los fenómenos no-humanos.
Es preciso profundizar en esta cualidad impersonal del Sentido, pues el «caer», al objetivarse, se revela como relacional: se cae siempre en relación con algo que «se queda». Si bien el acontecimiento es la condición de posibilidad de toda relación, ninguna relación establecida logra agotar jamás el acontecimiento sin aniquilarlo como tal.
Si el acontecimiento es esta condición inagotable, se vuelve imperativo cuestionar las estructuras tradicionales que dividen lo real. Cabe cuestionar la necesidad estricta de postular un «Virtual» deleuziano como excedente de lo «Actual». ¿Por qué no definir simplemente lo «Actual» como un excedente de lo «Experimentado»? Añadir lo Virtual para salvaguardar la emergencia de la novedad resulta conceptualmente relevante, pero quizás no sea estrictamente necesario si dejamos de concebir lo Actual como un estado de cosas clausurado. Para que surja una novedad genuina, no podemos escapar a la necesidad de una imposibilidad de clausura. Podría concentrarme en la comprensión de un Mundo que es, por naturaleza, imposible de clausurar. Formular la existencia de un acontecimiento radicalmente imposible: Clausurar.
Pensar de este modo es ejercer el pensamiento rizomático. El Rizoma posee historia, estructura y sentido; no es que necesite del Aión, sino que es el Aión mismo, la pura multiplicidad inagotable. Aunque nunca es plenamente independiente de sí mismo, el Rizoma se reestructura y, al hacerlo, actualiza potencialidades que no precisaban haber sido concebidas a priori. La conexión insospechada en el rizoma nos revela dos certezas: primero, que dicha conexión no era necesaria; segundo, que su ocurrencia amplía el espacio de lo posible-dentro-de-lo-actual. Esta dinámica topológica opera de manera análoga al producto tensorial, donde el encuentro entre vectores no suma entidades, sino que multiplica exponencialmente las dimensiones del plano de realidad.
Esta expansión dimensional, que el rizoma encarna como pura multiplicidad, encuentra su punto de mayor tensión en el gesto humano del lenguaje. ¿Cómo se escribe acontecimiento? Capturar a Aión mediante la palabra es aniquilar el acontecimiento, es convertir su puro fluir en un Estado de Cosas. Mi acto de escritura es siempre el cadáver de aquello que lo impulsa: su Sentido. Sin embargo, asumiendo su propia paradoja, escribir es acontecer. Exponer(se) es acontecer. Leer es acontecer. A través del texto, mi escritura se multiplica, y con ello recae sobre mi Yo-diletante una responsabilidad inmensa y difícil de asumir: la de los futuros Sentidos que brotarán irremediablemente del encuentro de los otros con este Estado de Cosas que aquí propongo.
Esa es, en definitiva, la naturaleza ineludible de todo acontecer: la de multiplicarse infinitamente en nuevas dimensiones rizomáticas. En última instancia, debo reconocer que no se puede escribir un acontecimiento; solo devenir e inscribir Evento. Tales serán los infinitos hijos de Cronos, a los que habitaremos infinitas veces, en infinitos tiempos posibles y de infinitas maneras.
Mientras tanto, Aión permanece inalcanzable, sobrevolando perpetuamente cada uno de nuestros intentos de captura.