Nos han enseñado que escribir es un acto doble: inhalar y exhalar. Pero siempre se omite la tercera parte, la que conecta ambos momentos; Porque ¿Qué sentido tendrían esos dos momentos sin la necesidad de exhalar el aire intoxicado de verdades o de volver a insuflar la pluma cuando ésta se vacía?
Y El Libro está lleno de hiatos. No todos están allí por error. Muchos son calculadas omisiones, momentos donde exhalar era peligroso o donde sólo pequeños suspiros podían descargar la tensión intoxicada de lo verdaderamente necesario. A los Traductores nos compete la tarea de reconocer muchas veces lo dicho en esos silencios. Es una tarea compleja y muy desagradecida, porque quisiéramos siempre poder estar a la par de aquel que profería ese amor tan santo, o del movimiento visceral de aquel otro que registró las torturas de la tiranía. Traducir es siempre interpretar surcos marcados por manantiales ajenos. Es ser un actor que debe improvisar un diálogo que nunca comprende en profundidad. Y en los últimos años, traducir es una pesadilla.
Donde alguna vez habíamos podido encontrar las ausencias que daban sentido a la lectura, hoy nos acribillan las palabras, unas tras otras sin pausa. Todas con sus propias orientaciones, y sobre todo, inmediatamente traducibles. Poco espacio queda libre. Poco espacio para las ausencias. Poco tiempo entre inhalar y exhalar. Dirían los Calígrafos, que siempre nos miraron con el desprecio de quien ve su obra manchada de manos sucias, que esa es nuestra tarea. Pero ellos no comprenden la verdadera naturaleza del traducir. Y no es su tarea tampoco, o al menos supongo que así lo consideran. No es su culpa, todavía están intentando subsanar las consecuencias generadas por algunos irresponsables del gremio. Bueno, a decir verdad, todos lo estamos intentando, solo que las culpas siempre llevan su nombre. El temor les consume la voluntad.
Para comprender lo que hoy quiero contarles, y creo necesario que lo comprendan, necesito que escuchen un poco el transcurrir del que fui parte.
Cuando comencé a trabajar en las traducciones, Oli, mi maestra, llevaba muchos años intentando subsanar la ausencia infame. Para muchos de ustedes esto será bien conocido, pero por las dudas. En 1984, en una decisión que presumieron heroica, habíamos pretendido borrar de El Libro algunas palabras que, a su parecer, ya no serían necesarias. Se apoyaban además en una inspiración profética. La eliminación de muchas de esas palabras habia sido anunciada 50 años antes, pero con intenciones profundamente divergentes a las que hoy pretendían los calígrafos. Para ellos, esta reducción representaba un triunfo: Nunca más se hablaría de aquello, porque no sería necesario. Pueden ya imaginar lo que significaba eso para nosotros traductores. Bueno, poco tuve que hacer en esos momentos. Comencé a traducir recién en el final de este período, y apenas me permitían jugar de sombra en los encuentros de traductores. Pero imaginen, ¡había tanto que re-traducir!
Fueron más de 40 años, desde ese infame momento, lo que demoró volver a verse escrita en El Libro la palabra «Guerra». Y fueron los traductores quienes plantaron el germen. Claro, ¿comprenden la imposibilidad? Esto es lo que los Calígrafos no entendían, y creo que son pocos los que hoy lo entienden. Los traductores no habitamos la palabra, sino los silencios a su alrededor, y cuando quitas una palabra con antónimo, su ausencia hace eco por todos lados. La energía de un Sujeto tan denso no se desvanece; es absorbida por El Libro, que nunca deja nada verdaderamente desconectado. Su violencia se filtró en el «amor», que se volvió batalla; su estrategia, en el «comercio», que se hizo implacable; su crueldad, en la «justicia», que olvidó la piedad. No todos los términos que utilizamos ocupan el suficiente espacio como para albergar simultáneamente la ausencia y la presencia, y tuvimos que volver a vivir la intensidad de la falta antes de poder notificar la necesidad, para poder convencer a los calígrafos de que no podíamos traducir la falla.
Fue la presión de los traductores la que obligó a los calígrafos a reinstaurar aquel término que había sido excluído. Pero esta restauración fue un triunfo pírrico. Yo viví los últimos años de esa disputa, siendo una recién ingresada al mundo de traductores; y al filo del final, sabíamos por oídas de pasillo, que los Calígrafos estaban intentando un nuevo proyecto. Querían acometer la Gran Estandarización. Ellos no querían ser responsables de futuras tragedias, así que pretendían lograr una pura transparencia. Era bienintencionada su propuesta: Un Libro sin fisuras, sin ambigüedades, sin necesidad de interpretación. Están amparados por la distancia, y eso les condena.
Dedicaron los siguientes años a diseñar un futuro aséptico, y a su ver, nosotros éramos cada vez más irrelevantes. Muchas veces nos preguntamos si no había algo de orgullo en el rechazo hacia nuestro trabajo. Haberles mostrado el error en un lugar que ellos no dominan, era algo que tal vez nunca habían podido perdonar(se). Así es que cada vez era menos el contacto, y cada vez más los rechazos que recibíamos al presentar nuestras traducciones. Ellos se limitaban a inventar nuevos términos para evitar que nosotros pudiéramos traducir «mal».
Y así, con el correr de los años y los textos a traducir, comenzamos a cuestionar una condición muy particular: El Libro estaba poblado de Sujetos. Sujetos que producían acciones sobre otros Sujetos. Los Reyes, el Estado, el Comerciante, la misma Guerra que había sido reinstaurada años atrás. Cada vez que nosotros presentábamos traducciones que se apoyaban en ausencias, ellos inscribían un nuevo sujeto. Un Rey podía predicar «justicia» o «tiranía» (otros Sujetos), pero era el Rey el que aseguraba el «reinado» (otro más que se habían inventado), y también el que devoraba otros Sujetos. Se obsesionaron con ésto y producían un nuevo término para ocupar cada «posible error de traducción». Nombrar les devolvía la seguridad que necesitaban.
Pero cada tanto tiempo, aparecía algún novato, no aún viciado con las mañas del pasado, que inscribía algún verbo. Fue inmenso el revuelo cuando se inscribió por primera vez el significante «reverdecer». —¡»Volverse verde»!— pretendían algunos, intentando volver a posicionar al Sujeto donde le corresponde. La de horas que tuvimos que discutir con los calígrafos más experimentados. Este pobre chico había inscrito en la historia un acto que hace tiempo no se entendía. «Imbuir algo muerto con el recuerdo de la vida» nos dijo una vez, un poco avergonzado de su audacia. «¿Y quién imbuye?» replicaban los Calígrafos. «Dios» era una palabra que teníamos casi vedada (por decisión propia). Mucho daño se había hecho en nombre de ese Sujeto, así que nosotros reservábamos la traducción para momentos muy específicos, y esa traducción debía pasar por las manos de, al menos, 1000 traductores. Pero ¿Cómo explicarle a alguien que no concibe una realidad sin centro de perspectiva lo que significa Vida para quien la vive? Nos era imposible explicarles que su gramática era incompleta o incluso defectuosa.
Comenzó a gestarse entre los traductores un movimiento que afirmaba: «El Verbo produce al Sujeto». Celebrábamos a cada novato que inscribía en El Libro uno nuevo. Sabíamos que en esa intrusión revolucionaria, el Tiempo había crecido para albergar nuevos mundos posibles y con ello nuevos silencios que descubrir. Teníamos muy poca influencia aún, así que nos limitábamos a organizar reuniones a escondidas con estos calígrafos, que en su inocencia o tal vez en su espíritu, llevaban la marca de una irreverencia que reconocíamos inmediatamente como propia. Con ellos comenzamos a estudiar y a subvertir la gramática, y fue Reia, una calígrafa en secreto devenida traductora, la que dio con la pregunta que desanudó la historia.
Años dedicó Reia, entre las demandas de su oficio y la intuición que guiaba su proyecto subterráneo, a comprender las relaciones que se establecían en el texto. Se obsesionó con un reemplazo que databa de siglos atrás, posiblemente hasta milenios: Los pronombres. Le comentábamos que cada uno de los traductores tenía sus propios registros, pero que en general, todo estaba cubierto. Que los pronombres eran reemplazos fáciles de hacer. Sólo debíamos comprender qué formación tenían los actores, y que con ello comprendíamos el término adecuado. «Es una traducción casi sin ausencias, porque cuando nos encontramos con nuevas formaciones, presionamos por la inclusión.» Pero Reia no se contentaba con ello, y nos dijo una vez: —Son todos la misma formación—. Y luego otros tantos años hasta que volviera a nosotros con una porción de El Libro que para ella sintetizaba el problema. —Miren: «Éramos muchos» —y replicó ansiosamente, como quien no puede contener el grito o el llanto—Pero bien podría decir «Había muchos de nosotros» ¿Lo ven? ¿Por qué es legítimo ese reemplazo?—.
De ese momento hasta hoy, han transcurrido unos cuantos decenios. Reia ya no está con nosotros, y yo, lejos de ser la jóven entusiasta que aprendió a traducir en las épocas de Guerra, me veo obligada a pasar la posta de una investigación que le ha dado sentido a todas las traducciones que vinieron después de la intervención de Reia.
No es mucho lo que podemos afirmar, lamentablemente, y esta tarea que hoy delego, no es en ningún sentido auguriosa en términos de resultados. Así que, ustedes verán si aceptan la encomienda.
Los traductores seguimos siendo necesarios y ese reemplazo es ilegítimo. El problema al que nos enfrentamos, y al que se enfrentarán ustedes si eligen este oficio, no fue causado por la ausencia de una palabra como en mis primeros tiempos, sino por la absurda simplificación de las relaciones en el texto. Atiendan bien y procuren recordar. Será fácil, porque solo dos frases fueron producidas en estos tantos años de investigación:
Los verbos producen sujetos, no al revés.
Nosotros es ser siempre un poco más que uno.