Todos los sábados. Inexplicablemente, todos los sábados algún alguien debe recibir algún mensaje poco amable de algún otro alguien. También los martes o los jueves. Ocasionalmente algún viernes, con la dificultad añadida de que los viernes se desean olvidar los 5 días anteriores en algún bar, y se suele obviar también la necesidad de estar en casa para ser objeto de una replica inesperada. Pero los sábados son particularmente efectivos. Tal vez es la presumida tranquilidad del fin de semana, que se ve interrumpida por esta presencia inevitable —no es fácil encontrar dónde llevar los ojos cuando un bloque de semejante extensión se aproxima a tu puerta para hacerte responsable de la insuperable tragedia de la que se queja el vecino de las gardenias—. O tal vez es la tensión que añade tener que responder al llamado en medio de un almuerzo familiar. Los niños o el ocasional invitado que estira el cuello para descifrar los sonidos que emana la voz determinante y áspera que segundos antes había interrumpido el vuelo del tenedor de Pedro.
Todos los sábados. Inexplicablemente, todos los sábados llega el pedido por whatsapp: Dirección, nombre, y hora. Luego, el mensaje: Una descripción con sabor a hígado que debe ser reproducida fielmente para reemplazar lo mudo del texto y lo cobarde del sujeto con las graves consecuencias implícitas en el canal de emisión. Y con el encargo a cuestas arranca la mañana de un sábado más.
Evitando atender demasiado a las exigencias de las próximas horas, recalentó el café, preparó sus tostadas y se sentó en la mesa. La pequeñísima Kila —pequeñísima en comparación— giraba alrededor de sus piernas, y él con su mano libre se estiraba para devolverle un poco de cariño. —Suerte la tuya, no serías buena en este trabajo— pensaba con una sonrisa agridulce. No es que Kila no fuera temeraria: no había pájaro a salvo en el jardín trasero. Pero lo reconfortaba saber que a ella nadie le había determinado su lugar en el mundo. El carácter irascible de sus uñas era su posibilidad de disfrute. Un juego con una naturaleza que le era propia, adecuada. Los pájaros o los pequeños insectos participaban del mismo juego que ella y el resultado dependía de la destreza natural de los contendientes.
Cuando terminó el café y las tostadas, exhaló completamente las ganas de quedarse jugando con Kila y se dispuso a salir. Descolgó la chaqueta oscura, la que siempre huele a lluvia seca, se puso los zapatos y atravesó la puerta. Era a partir de este momento que el sábado era sábado. Tenía un largo camino para internalizar su guión y lograr la elocuencia necesaria. Nunca le pedían que fuera más allá de los límites de la ciudad, tampoco él tenía mucho interés en hacerlo. Las líneas de la obra estaban también zanjadas en su contexto. Es más fácil encontrar la anchura de hombros adecuada y la gravedad específica de la voz cuando conoces a quien le hablas. Siempre caminaba por la ciudad sumido en un silencio que nunca pasaba inadvertido y por ello conocía tan bien esa tensión en los hombros, esa mirada que esquiva el bulto sin poder evitar la atracción gravitatoria. Lo difícil eran los ojos. Nada pudo decidir sobre su cuerpo y poco pudo decidir sobre el lugar que el mundo le daba a ese cuerpo. Pero los ojos eran un elemento más esquivo. ¿Cómo hubiera podido el mundo congelar el sentido de su mirada del mismo modo que lo habían hecho con sus brazos, con su altura, con su rostro en general? Nunca habían aprendido esos ojos a adecuarse fácilmente a la particular necesidad de su cuerpo, así que cada sábado o cada martes o cada viernes, pero en especial los sábados, tenía que recordar cómo había logrado todos los sábados anteriores para ocultar su único punto frágil.