Buscó en el diccionario y la primera palabra que encontró fue morada. Había sido el entusiasmo con que Joah le había hablado a la tarde de un antiguo libro chino. la inquietud la había empujado a la biblioteca, sacar el primer libro que apareciera, cerrar los ojos, recorrer los cortes de las páginas y abrir donde debía. Le había explicado algo de unas monedas, unas varillas y otras cosas más. Pero ella no tenía ni libro chino, ni monedas, ni varillas, ni ganas de esperar; ¡Ella quería una respuesta!. Leyó la definición en su mente. Nada. La volvió a leer en voz alta, a ver si era distinto. «Ningún mago lanza hechizo con la mente», pensó con algo de vergüenza ambivalente: ¿Era estúpida por querer lanzar un hechizo o por pensar que los hechizos se lanzan en silencio?. Nada. Volvió a dejar el libro en la estantería, que de primeras no quiso encajar en el espacio que había desacomodado al sacarlo. Tuvo que reintentar con un empujoncito estratégico desde la esquina para abrir el espacio. Con los pies pesados, protestándole al piso, caminó hasta el baño a lavarse los dientes, sacarse el maquillaje y terminar el día. «¿Sólo funciona si está escrito en chino?», gruño frustrada para sus adentros mientras apagaba la lámpara. Esa noche no había lectura, estaba enojada con los libros.
La canción que tenía como alarma se había colado en el sueño y la succionó a la realidad al compás de la tercera o cuarta estrofa. La cuarta estrofa sonaba cuando la punta de sus pies empezaron a girar. Luego las piernas, que contagiaron a las caderas sin esfuerzo. Cuando el ritmo llegó al pecho, las manos ya golpeaban suavemente al ritmo eléctrico de la canción, y los ojos, buscando algo detrás de los párpados, atravesaban el techo de la habitación, de una esquina a otra. Ya casi bailando entre sábana y manta, cayó en cuenta que estaba despierta y empezó el día.
Estiró el brazo para tomar el teléfono, aprovechando el movimiento para maximizar el placer del primer estirón lumbar. Apagó la alarma, después de los segundos necesarios para terminar la canción que sonaba, peleó unos segundos más con la necesidad de destaparse y luego de hacer las paces con la situación, apoyó los pies en el piso. Baño, habitación, baño, cocina; «Preparar el desayuno en pijama sólo hacía que crezcan las ganas de volver a la cama». Volver a la cama, hacerle trampa al frío, y respirar café y libro viejo. Pero, ¡viernes!; todavía hay cosas que hacer. Cafetera al fuego; dos rebanadas de pan; queso y mermelada en la bandeja; ¡Café listo! le anunció el vapor caliente de la cafetera, pero ella no estaba lista. La secuencia se había repetido sin error. Todo menos ella era igual a todas las mañanas. No era hastío, disfrutaba de sus mañanas; siempre había sido el motivo de burlas (y alguna que otra puteada de algún night owl de vez en cuando). — ¡Es de psicópatas levantarse así! — le decía Kimmy, que nunca en su vida había apagado una alarma a la primera molestia, ni había cambiado el calor las sábanas al frío de la habitación sin odiar al mundo entero al menos por diez minutos. Todo menos ella funcionaba como siempre.
Demoró unos segundos hasta darse cuenta que si no apagaba el fuego iba a arruinar el café. Agitó la cabeza, buscando volver a despertarse, tomó la cafetera, sirvió el café en la taza, y otra vez, quedó frenada en el tiempo. Miraba la taza y todo el resto estaba desenfocado. Intentaba recordar ¿Dónde la había comprado? ¿Cuándo la había comprado? Sin abandonar el pensamiento, ni la mirada perdida, con la bandeja en la mano aprovechó la familiaridad de la sala para caminar hasta la mesa, desayunar (finalmente) y empezar el día, por cuarta vez.
El resto de la mañana pasó sin sobresaltos, la extrañeza se licuó inmediatamente en el bullicio de la calle. Ya en la oficina, saludó al aire a los poquitos que habían empezado el día y recorrió el piso con la mirada, buscando, con anticipado fracaso, a Pedro o a Lenora, mientras caminaba a su oficina a dejar sus cosas. Descargó el saco en el respaldo de la silla, plegado con los bolsillos hacia el interior para que no se cayera nada, y apoyó el bolso en el asiento. Luego volvió a la sala común, por un segundo intento. Ninguno de los dos llegaba temprano, así que todas las mañanas hacía un pequeño recorrido para hacer algo más de tiempo. Un viaje al baño, la mayoría de las veces innecesario, que justificaba buscando frente al espejo alguna burbuja furtiva en el pelo o se estiraba la camisa que había elegido para ese día. Pasaba al sótano (el nicho de los de sistemas, en el séptimo piso) a saludar; ellos eran los primeros en llegar siempre y mantener una buena relación con ellos era vital: nunca sabés cuando les vas a necesitar de buenas. Después a la cocina al segundo café del día. Éste era más necesidad que gusto, lo importante de ese café es que a esa hora nadie lo había preparado. Ganaba unos minutos más revisando el filtro de la cafetera, que 4 de cada 5 días había que limpiar porque había quedado puesto el día anterior, buscaba el filtro nuevo, cargaba el agua, ponía el café y encendía la máquina, que demoraba entre 5 y 6 minutos en llenar la jarra. El café no era importante, era demasiado suave y ni siquiera avisaba que estaba listo con el vapor caliente brotando por la válvula; éste tenía una lucesita roja que ni ruido hacía. Pero había ganado unos 10 minutos sin sentir que tenía que estar haciendo otra cosa.
A segundos de servirse el café, recordó que Len no venía. Se iba de vacaciones y se había pedido unos días más para terminar de acomodar todo. Así que le quedaba esperar a Pedro, que siempre llegaba último. Eran pocas las mañanas en la que con tono agresivo (pero con la amable complicidad que existe entre quienes se quieren) le evidenciaba lo mucho que le molestaba que tuviera tanta energía a esa hora. Igual él era responsable de levantar al grupo por la tarde, con la suerte de que ahí no tenía que ser amablemente odiado; Su energía era valiosa después del almuerzo, especialmente si salían a comer juntos a algún barcito y se olvidaban que todavía quedaba medio día más por aguantar, especialmente los viernes.
Cuando llegó el mensaje de Pedro, ya había perdido todo el tiempo que tenía para seguir demorando la culpa productiva y estaba en su oficina intentando empezar el día (por sexta vez), rebuscando entre los papeles del día anterior las tareas para hoy.
«Buen día Pajarito! tengo tramites que hacer no se si voy a llegar antes del mediodía así que capaz nivoy hoy a la ofi. Tenemos lugar para hoy? Len me dijo que tiene todo listo y que no sale tan temprano mañana»
En segundos, se encontró enredada en la misma frustración por la que ayer había decidido no leer antes de dormir. El resto del día en la oficina, no podría recordarlo ni oliéndolo.