Fue rápido.
Me senté en el borde de la silla, como me había enseñado mamá: «Un poquito de incomodidad para mantener la atención». Con los pies en punta acariciando la baldoza disfruté del último suspiro del sol de las seis, de las campanas de la iglesia, la esquina del teatro Aquino, la entrada del paseo Rosedal; la sonrisa de Juanita en la ventana de la panadería, Don Sergio, su bastón y su boina militar. Les di un abrazo a las memorias de última hora.
Fue rápido: abrir los ojos, sentir, callar, soltar.
Volví para la cena con pan calentito.