Como cada día, esquivaba detrás del sol enrejado su muerte diaria. Se revelaba ante él un mundo al que su mera voluntad no le permitía llegar y sobrepuesta a esa realidad, dentro de su pecho resonaba ese escenario como si fuera parte de él.
¿Dónde se habría soldado ese nudo? ¿Quién habrá sido el artífice de tan sutil enredo?
En un ciclo infinito de horizontes que se sucedían unos a otros sin llegar nunca a ser Destino, se repetían sin solución las preguntas: ¿Qué sentido tenía sentir en el pecho el llanto de un niño al que no puedes alzar en brazos, o la angustia de aquel amante que no encuentra la llave que recupere del baúl de los eventos la chispa divina de aquello que le dio aquel poder supremo? Incluso el cinismo de aquel que se olvidó del vientre que le vio nacer y atropella a su paso a quien no pueda reflejar o evitar su desidia; o también la soledad de aquel poderoso triunfador que no conoce aún la presión del abrazo fraternal.
—Soy también ese niño, el amante, el cínico y el triunfador— Pensaba para sí sin poder resolver porqué le debía al mundo recibir esa honestidad tan bruta.